lunes, 9 de marzo de 2015

La triste historia


-Hola de nuevo. ¿Qué piensas hacer esta vez?-


Primera hora de la mañana del lunes. Todavía es pronto y hasta que David no tome el segundo café no se quitará de encima la pereza del cambio de rutina del fin de semana. Por suerte, acaban de llevar a casa del cliente la máquina en la que llevan meses trabajando y aunque esta semana empiezan un nuevo proyecto, estos primeros días estarán alejados del estrés y la presión de cuando el final del plazo de entrega está cerca. 

Hoy disfrutará del bocadillo. Hubo buen partido ayer y toca debate y cachondeo con los compañeros. Antes de eso, como de costumbre, recibe en el teléfono un pequeño video que le manda su mujer de la entrada a la guardería de su pequeña. Un “te quiero papá” algo difícil de entender y un saludo con la mano a la cámara es lo único que necesita para dibujar una sonrisa y meditar por un segundo que éste será un buen día. 

Para hoy, su obligación principal será definir el material eléctrico que necesitará la nueva máquina para empezar a lanzar los pedidos a los proveedores. No será difícil, el diseño es prácticamente idéntico al de los últimos realizados y no tendrá que romperse mucho la cabeza. En todo caso pensar cómo reducir algo más los costes. Desde arriba están muy pesados con este tema y no quiere que vuelvan a llamarle la atención. 

A media mañana y ya absorto totalmente en sus obligaciones, empieza a ver agitación en la zona de oficinas próxima al despacho de gerencia. No logra entender lo que están hablando, pero todos tienen un semblante serio e incluso puede apreciar como la responsable de administración derrama inmóvil algunas lágrimas mientras escucha hablar al jefe de ventas. 

Pasan algunos minutos, que aunque escasos, parecen horas dilatados por el nerviosismo de la incertidumbre, hasta que un compañero pone al corriente a David de lo sucedido. Al parecer, una llamada de un cliente reciente ha informado del fallecimiento de un operario mientras manipulaba una de las máquinas que habían entregado meses atrás. 

Una desgracia decían, un trágico incidente. Parecía mentira lo rápido que la información fluía de un departamento a otro con multitud de detalles de relevancia cuestionable en muchos casos. Que si era nuevo en el puesto, que si no había completado el curso de formación… David se quedó con que estaba casado y que tenía un hijo pequeño. Le hubiese interesado saber exactamente la edad del niño, ya que un doloroso ejercicio de empatía no hacía más que mostrarle en su cabeza la imagen de su hija diciendo adiós con su mano. 

En cualquier caso, debía despejar su mente para volver al trabajo. Otros debían ser los desafortunados en lidiar con la situación. Volvió a los catálogos que tenía abiertos para definir los componentes del nuevo proyecto y llegados al autómata, empezó el recuento de entradas para dimensionar el equipo. 2 entradas de encoder, 5 inductivos, 12 fotocélulas, 2 barreras de seguridad… de seguridad. 

Le pareció notar que el corazón saltó un latido. Tiempo suficiente para recordar la reunión en la que decidieron prescindir de los módulos homologados que montaban habitualmente acompañando a las barreras. Como elemento prescindible lo listaron junto a más material en un ejercicio de “racionalización de componentes”. No les pareció un tema relevante si lo visible seguía estando y lo invisible parecía seguir funcionando, aunque fuera pasando a través de una electrónica inapropiada. Algunos sabían que no era lo correcto, pero nadie reprochó con demasiada insistencia. 

David se quedó pálido mirando la foto del autómata en blanco y negro en aquel catálogo que tantas veces había repasado. Después de unos segundos de tener la mirada fija en la fotografía de un modo en el que ya no le aportaba información alguna, aunque sin llegar al extremo de obviar que se trataba de una jugarreta de su mente, se encontró a sí mismo escuchando el discurso mudo de un autómata que le miraba y le decía: 

- Hola de nuevo. ¿Qué piensas hacer esta vez?

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